lunes, 18 de marzo de 2013

Día 66 - La patota se defiende: Claudio Alcorcel, Jorge González y Juan Carlos Pérez. (14/3)

1. Alcorcel: "Había un plan de radio ilimitado, no plan criminal. Que no se me malentienda".

Las muy elegantes Dras. Pignone y Arce, defensoras de Claudio Alcorcel, el hombre con la cabeza rapada que aparece en los videos arengando a la patota para que avance hacia el grupo de compañeros que se desconcentraba, continuaron la ronda de alegatos de la patota.

En primer lugar, mientras la Dra. Arce nos ilustraba acerca del funcionamiento técnico de un aparato tipo Nextel, explicando que comienza a marcar segundos a partir que se abre el canal de comunicación, aunque no se esté ya hablando, la Dra. Pignone, celular en mano, recorrió la sala, mostrando a los jueces, fiscalía y querellas la pantalla del aparatito...

Lamentablemente para Alcorcel, la elocuente clase práctica no alcanzó a explicar por qué hubo docenas de intentos de comunicación entre Alcorcel, Díaz y Favale antes y después del ataque.

Fue brillante el cierre de ese tramo del alegato: "Había un plan de radio ilimitado, no plan criminal. Que no se me malentienda".

Otro hallazgo de las letradas fue aclarar que todos los que dijeron no conocer a Favale y después quedaron abrochados con decenas de llamadas y mensajes, se desorientaron porque no le decían "Favale", sino "Cristian de Varela"... por fin entendimos...

A continuación, las abogadas de Alcorcel nos enseñaron qué quiere decir "arengar" y qué quiere decir "comunicarse", con citas de sociólogos y antropólogos sobre el "comportamiento del hombre-masa" (curiosamente, omitieron a Ortega y Gasset, y, de nuevo, no explicaron cómo es que tenemos cuatro heridas de bala, una fatal, del mismo lado).

"Si una persona está en un ambiente de gritos y saltos de mucha gente es natural hacer lo mismo", dijeron. Ahora entendimos. Pobre Alcorcel, preso hace dos años.

Siguió el absurdo relato de que Alcorcel se pidió el día en el trabajo para visitar a la novia, pero pasó por Avellaneda, vio luz y subió.

"Si querían protestar no hacía falta que marcharan, podían encadenarse, por ejemplo", sugirió la Dra. Pignone, evidentemente con mucha experiencia en luchas y movilizaciones.

No faltó el alegato emocional, con la esposa que lo abandonó y no deja que la hija lo visite en prisión, y un cierre a toda orquesta, con la imagen de la estatua que simboliza la justicia en las pantallas, y una exhortación a que sea "equitativa".

2. González: "Presencia legítima".

La Dra. Grissetti, defensora del "hombre del cuello ortopédico", Jorge Daniel González, volvió sobre el argumento de la instrucción amañada y las nulidades. Se quejó de que a todos los imputados se le endilgó, en la indagatoria, la misma conducta. Grave hubiera sido que, como partícipes todos de un mismo plan, se los acusara por distintos hechos...

La defensora estructuró su alegato en capítulos. Primero se refirió a lo que llamó "la legitimidad de la presencia de los ferroviarios y mi asistido en el lugar de los hechos". En segundo lugar, al "clima de exaltación y confusión en el momento del hecho". En tercer término, trató la conducta puntual que se reprocha a González, respecto de la amenaza y coacción sobre los periodistas, insistiendo en que fue una amable conversación, exigiendo legítimamente derecho a réplica... ¿alguien no vio el video?

Finalmente, se dedicó a la calificación legal, al homicidio calificado, y, de nuevo, a la historia de la "riña".

Sin mucho más desarrollo, pidió la absolución del patotero, y cerró afirmando "La política no debe tener lugar en la justicia". Si realmente cree eso, la Dra. Grissetti debe ejercer la profesión con habitualidad en Marte.

3. Pérez: "Lesiones culposas".

El Dr. Laporta, defensor de Juan Carlos Pérez, tuvo una tarea sencilla. Es que la fiscalía no acusó al hombre señalado como quien sacó, junto a Uño, las armas del lugar, y la querella de la familia de Mariano sólo le reprochó un encubrimiento, compensable con un añito de prisión en suspenso. Sólo nuestra querella lo consideró un partícipe esencial en el plan criminal, y reclamó la pena de 25 años de prisión.

Sin sorpresas, el defensor arrancó desacreditando al testigo Sotelo, el psicólogo que presenció los hechos, y vio el pasamanos de las armas, cuando salía de la casa de sus amigos y clientes, a la vuelta de la calle Pedro de Luján.

Naturalmente, se dedicó largo rato a castigar nuestra querella, planteando cuanta nulidad le vino en mente, y tergiversando los hechos. Volvió con el argumento del "tiro al aire" y planteó que, en el caso de Nelson y Ariel, fueron "lesiones culposas". ¿Y Mariano? ¿Y Elsa?

Así, con el terreno alisado por la fiscalía y la otra querella, pidió la absolución de su defendido.