viernes, 8 de marzo de 2013

Día 63 - El cuento chino del profesor Freeland (5/3)


"La acusación a Fernández como instigador es un cuento chino", soltó el profesor Alejandro Freeland, defensor del "Gallego" cuando promediaba su alegato. Antes, había intentado relativizar la brutal evidencia que señala a su defendido como quien, junto con su jefe José Pedraza, determinó la conformación del grupo de choque que, dirigido en el lugar por Pablo Díaz, ejecutó la faz operativa del plan criminal gestado para aleccionar a los trabajadores tercerizados del Roca y a las organizaciones que los apoyaban.

Abundó el defensor en frases efectistas y adjetivos grandilocuentes, pero nada de eso alcanzó para poner en crisis las demoledoras acusaciones contra el segundo de Pedraza. Habló de un relato pura ficción, fundado en argumentos irrazonables, en violación a las reglas de la dogmática, conclusiones antojadizas y arbitrarias, y, respondiendo directamente el reclamo que nuestra querella hiciera al tribunal de una sentencia "aleccionadora", rogó "justicia prudente", e incurrió en una comparación que mostró la hilacha: "Ni en Nüremberg ni en la causa 13 (el Juicio a las Juntas) se escucharon pedidos de pena de tanta gravedad".

El eje central de su alegato fue un desesperado intento de tergiversar hechos y pruebas para apoyar su tesis de que el 20 de octubre de 2010 hubo una "riña", un "acometimiento recíproco", un "combate" entre dos grupos enfrentados en igualdad de condiciones, o, más aún, donde la pobre patota tuvo que defenderse de desaforados agresores que habían concurrido armados a cortar las vías para causar el caos. Habló de "violentas mujeres, más agresivas que los hombres, saltando sobre los capots de los autos" (¿?) y de una “defensa efectiva, eficaz y definitiva” de la patota contra "manifestantes que habitualmente van armados". Y remató: "Fue una defensa necesaria y racional. Los manifestantes habían ido armados con piedras, palos, gomeras y tumberas. Los hombres de la Unión Ferroviaria no, por eso para defenderse tuvieron que disparar. Primero hubo piedras contra piedras, después piedras contra piedras, palos y gomeras, y finalmente disparos de armas de fuego contra piedras, palos y gomeras, sin intención de matar, para poder escapar del ataque.".

Aunque defiende al segundo jefe de la patota, el Dr. Freeland tiró también una manito a los policías procesados, mostrando, sin querer, que no estamos "en el país de las maravillas o en el país de Humpty Dumpty", como nos endilgó, cuando sostenemos que hubo un plan criminal común: "En estas situaciones los policías no saben qué hacer. Si intervienen, los meten presos; si no lo hacen, también".

Como gato panza arriba, usó todo lo que pudo, sin olvidar la incongruencia de la acusación fiscal, que no jugó a fondo ni contra la patota (pidió la absolución de dos de sus hombres) ni contra la policía (a los que acusó por un delito menor, simultáneo pero despegado del plan común, y también con un pedido de absolución). También le sirvió, para llevar agua a su molino, que la querella representada por los abogados del CELS hubiera aclarado, al acusar a los policías, que "no hubo acuerdo previo", dejando al aparato estatal al margen del plan criminal común. "Esta gente da a propósito señales confusas", dijo, en referencia a los militantes de izquierda en general. "Es la forma habitual de lucha de estos grupos, como Quebracho, PO, MTR, Aníbal Verón, como se vio en la embajada de Inglaterra y la Casa de Tucumán", afirmó, mientras pasaba en la pantalla de la sala fotos de las más diversas manifestaciones populares.

Pero ni la constante ironía ni la apelación a gruesos libros y distinguidos autores para dar lustre a la exposición con citas de doctrina, como si fuera una clase en la facultad, le alcanzaron para desbaratar las acusaciones, ni para que sonara realista su tesis de que los salvajes manifestantes agredieron una y otra vez a la indefensa patota, hasta que, para poder huir, tuvieron que disparar... "Fueron disparos de defensa, de salida...".

"No sabemos quién mató a Mariano Ferreyra, e hirió a Elsa Rodríguez, Ariel Pintos y Nelson Aguirre", mintió, después de describir a la Unión Ferroviaria como el más democrático de los gremios, y al "Gallego" Fernández como el más humilde y abnegado de los trabajadores. ¿Las llamadas entre Fernández y Pedraza, o entre Fernández y Falsoy? "Hablaron del club de sus amores, Independiente, que jugaba ese día, y de la organización del congreso de Latin Rieles, si habían llegado los sanguchitos, las masitas, si estaba la bebida y el café...". ¿Las 17 llamadas de Fernández con Díaz, incluyendo la de las 12:24 -después del primer ataque en las vías, y la de las 13:23, tras los disparos-: "Ellos hablaban mucho... Fernández es un hombre que habla lento y más bien escucha, muy parco... quizás sí sugirió a las 13:23 que se fueran del lugar...".

"Nadie habló de un plan en el juicio", dijo, olvidando que nuestra querella lo viene denunciando, dentro y fuera del expediente, desde el mismo 20 de octubre de 2010. Y, finalmente, mostró dónde le aprieta el zapato. Primero, atacó la impecable exposición de la compañera Claudia Ferrero sobre el móvil del crimen, con el detalle del funcionamiento del negocio de las concesiones, las tercerizadas y la hegemonía forzada de la lista Verde en el ferrocarril: "Interesante, pero no sorprendente", trató de desestimar. Después, ya sobre el cierre, se quejó -como vienen haciendo todas las defensas- de que se instalara, como eje del análisis del móvil del plan criminal, "la palabrita aleccionar, que usó la Dra. Verdú en la audiencia ante la Cámara Criminal, y que fue adoptada por esos jueces sin fisuras... con su imaginación febril, la Dra. Verdú ve patotas por todos lados", dijo, mencionando a continuación algunos de los ejemplos que dimos en nuestro alegato sobre el uso sistemático de grupos de choque paraestatales, en lo que llamamos "tercerización de la represión". Claro que vemos patotas por todos lados, pero porque existen.

Finalmente, y tras definir este histórico juicio como "contaminado por pasiones y pretensiones que no tienen nada que ver con el derecho ni la justicia", y de agradecer por haber conocido a Juan Carlos Fernández, al que nuevamente describió como si fuera el abuelito de Heidi, pidió su absolución y libertad.

"Lluvia de pruebas" sobre el "payaso" Sánchez

Después del cuarto intermedio, fue el turno del Dr. D'Elía, defensor de Gabriel Sánchez, uno de los dos tiradores identificados. Con un tono más desapasionado, se apoyó en la descripción de los hechos que hizo el abogado de Fernández, al que llamó, una y otra vez "querido amigo y distinguido profesor Freeland" y arrancó con la semblanza "oficial" de su defendido: "Es un guarda de tren, un trabajador. No es empresario ni burócrata, es un militante gremial de 12 años en la UF". Reiteró el relato que hizo Sánchez en su indagatoria sobre la forma en que el delegado de la UF, Carnovale, lo convocó para "hacer acto de presencia" en las vías el 20 de octubre, y su llegada, ya después de la pedrada de las 12:10, directamente a la estación Yrigoyen, en su auto, junto con Claudio Díaz, otro ferroviario convocado, que, como testigo protegido, confesó que Sánchez le mostró un arma que tenía en la guantera, y le dijo "Traje el juguete, Gabi de acá se tienen que poder ir".

Luego, sostuvo, Sánchez no hizo otra cosa que correr al frente del grupo, hasta que se cansó, le dio taquicardia, y volvió a las vías. Trató, sin demasiado éxito, de desacreditar los claros y detallados testimonios de quienes vieron a Sánchez, con su tatuaje llamativo en el brazo, que de lejos parece un payaso (de ahí el apodo que se ganó en el juicio) empuñando y disparando contra los manifestantes, con sus anteojos de sol, su gorrita y su remera negra. Trató, igual que el Dr. Freeland, de relativizar la gran cantidad de llamadas telefónicas entre su defendido y Pablo Díaz. "Hablaron de fútbol, de Racing, y de préstamos que daba la UF".

No faltó la insistencia en la "riña", con expresiones del tipo de "Los que nos dedicamos al derecho penal sabemos que los manifestantes llevan estas armar caseras”, y una afirmación hilarante: "Sánchez es un preso político".

Pero los esfuerzos del letrado por desvincular a Sánchez del crimen naufragaron con un desliz y un acto fallido. El desliz fue que, para desacreditar a Claudio Díaz, el que vio el "juguete", dijo "No es un testigo de identidad reservada, es un arrepentido". Si no hubo crimen, ¿de qué se arrepintió Díaz? La pregunta quedó sin respuesta.

El acto fallido, que dicen los psicólogos que es un discurso querido, sobrevino cuando el Dr. D'Elía describió a Sánchez retirándose bajo "una lluvia de pruebas", que rápidamente corrigió a "digo... de piedras...".

Llamó la atención que, en el cierre, el esfuerzo fue puesto en destacar la "lealtad" de Sánchez en su militancia gremial, que sonó, más que a argumento de defensa ante los jueces, a mensaje a sus camaradas dentro y fuera de la sala, al estilo "no me dejen tirado, todavía puede cambiar de idea y dejar de ser leal"...

Cerró el Dr. D'Elía con un previsible pedido de absolución, que quedó, sin dudas, deslucido bajo la "lluvia de pruebas...".

El próximo viernes será el turno de los defensores de Pablo Díaz y Pipitó, a partir de ahora, en la sala denominada SUM del edificio de Comodoro Py, de muchas menores dimensiones que la que se venía utilizando.